Entrevista · 18 julio 2026

Miguel Ríos: «Lo que me mantiene joven es tener un alma contestataria y un corazón zurdo»

El cantautor granadino saca su lado más combativo, político y directo en una entrevista donde repasa su trayectoria profesional y advierte de la deriva social actual.

España-17/07/2026

Miguel Ríos (Granada, 1944) es historia viva de nuestra cultura y una de las figuras más icónicas del rock en España. En esta entrevista, el cantautor granadino saca su lado más combativo, político y directo. Y lo hace con la honestidad de quien lleva décadas en la primera línea del compromiso social.

Ríos reivindica su identidad y sus orígenes en la clase trabajadora, carga contra el discurso xenófobo de la extrema derecha y denuncia la inacción internacional frente al genocidio en Gaza. También repasa su trayectoria profesional y muestra su agradecimiento a quienes llevan prácticamente medio sigo siguiéndole y disfrutando con su música.

Comenzaste tu carrera con un estilo de rock que bebía de Elvis, pero que ya de alguna manera representaba una forma de subversión para la época en la que vivías, el franquismo. ¿Sufriste censura por parte del régimen?

El nivel de rechazo que tuvimos por el régimen fue más que por lo que decíamos, por un motivo estético. Por intentar imitar el mundo de Elvis y de los rockers, así con sus pintas estrafalarias para aquel momento.

Recuerdo que en la época del Teatro Price de Madrid, que fueron quince conciertos en doce meses, el rollo era ir lo más raro posible al bolo. Te explico, si Elvis se había puesto un fular, tú ibas también con un fular. Y fíjate por qué suspendieron los conciertos: porque la gente salía bailando por la calle. Cuando acabamos los conciertos, se establecía como un paréntesis dentro del día a día, un paréntesis de libertad, y la gente se ponía en el Price a bailar, cosas que no hubieran hecho en ningún otro lado. Además, bailar como bailabas en los guateques y eso estaba muy mal visto por el régimen.

Así que la denuncia fue porque la gente alteraba el orden público por bailar en la calle. Simplemente eso. Si tú bailabas en la calle, veías un gris y seguías bailando, es que eras un descerebrado. El rock and roll en esa época era complicado en España.

Todo tenía que pasar por la censura y tenían un método que era no radiable o radiable pero no publicable. Entonces, si no te radiaban el disco, era como si no lo pudieses publicar porque el futuro del disco es lo que se oía en la radio.

Existía un truco para convencer a los censores, que era hacerles creer que era más grave de lo que habían oído. Otra cosa que había, que era terrible, es que la censura pasaba provincia a provincia. Antes de actuar, por ejemplo en Granada, tenías que pasar por la oficina del ministerio de Fraga y te autorizaban a cantar una canción que habías cantado hace dos días en Jaén. Era una locura.

Al final no es que tu letra tuviera a principios de los 60 un discurso político contra la dictadura, era sencillamente música, baile, estética. Y me recuerda una frase que dice: «si no se puede bailar, no es mi revolución». De alguna manera, bailar era un acto revolucionario en los años 60.

Por supuesto, yo reivindico eso. Salir del Price enfebrecidos por haber oído a siete o ocho bandas que tocábamos allí y salir a la calle a las dos de la tarde bailando… Bueno, no te llevaban al trullo, pero tenías que tener mucho cuidadito. Vivimos una represión que ya nos venía de fábrica, del día a día. Es cuando adquieres conciencia política cuando te das cuenta de lo que está pasando.

Era también la época de Fraga, el ministro de información o más bien de desinformación. He leído que el padre de Aznar también era censor. ¿A ti te tocó ese alguna vez?

No lo sé, eran muchos censores. Yo el único recuerdo personal que tengo de Fraga es de la inauguración del Palacio de Congresos de Madrid, el que estaba frente al Bernabéu. Estábamos inaugurándolo e hicieron un espectáculo de variedades. La estrella del espectáculo era Lola Flores. Y luego pusieron a unos yeyés, que es como nos llamaban a nosotros.

Yo fui a tocar con Los Relámpagos. Entonces estábamos tocando ahí, Fraga y su séquito se levantaron y se fueron. Muy cojonudo. Yo lo vi como normal. Estaba ahí como un mandado. Pero Pablo Herrero, que tenía más conciencia, decía «la que nos va a caer». Pero sí, no hicimos nada, simplemente que no le gustó el tipo. Me sentí muy contento de que no le gustara el rock and roll. Al final, con la claudicación de caderas que tenía, parecía que iba bailando.

Del paso ya a discurso político dentro de las canciones, de una forma digamos más clara y más rotunda. El himno de la alegría. ¿Cómo llegas ahí? Es decir, ¿cómo te conviertes en un Miguel Ríos con conciencia política?

Arrastrado por el himno de la alegría viajé por todo el mundo. Ahí me di cuenta de que el eslogan de Fraga Spain is different era real. España era diferente pero para peor.

El mundo era brillante, era alegre, toda la gente se reía y tenía un rollo… Fui desde la Expo de Japón a Los Ángeles. Después recorrí Estados Unidos haciendo promoción del disco. Estuve en siete ciudades en cinco días.

Imagínate, un chaval de Granada. La primera vez que salía de España era para hacer este viaje. Aluciné Además iba a La Meca de donde yo bebía, la cultura que a mí me gustaba. Para mí era deslumbrante todo.

El himno a la alegría triunfó en Estados Unidos como música protesta contra la guerra de Vietnam. Y entonces hubo un momento en que las emisoras la pinchaban como contestación a la guerra de Vietnam.

Empiezas con un rock al que recurres para disfrutar. Un rock que se convierte en subversivo por las pintas y por el ritmo, pero al final tú te vas politizando con el rock. Es decir, estás planteando que a finales de los 60 ya introduces el elemento político y precisamente Himno de la alegría es un bombazo bestial. Y ahí tenemos carga política en la letra. ¿De dónde viene esa carga política y por qué?

En alemán, alegría y libertad, es una palabra que tiene la misma raíz. El tipo que hizo la letra, que no la hice yo, sabía mucho de Schiller. El poema de Schiller en el que se basó Beethoven para hacer la novena sinfonía, era un canto de, bueno, lo que se podía hacer en la República de Weimar libre y contestatario.

El tipo escogió ese poema, supongo que por el significado y casi el equívoco entre libertad y alegría, ¿no? Y nosotros hicimos una traducción libre del poema de Schiller. Eran unos tiempos muy oscuros, pues estaba la guerra de Vietnam y tal. Fue cuando llegó a Estados Unidos cuando la canción tomó la carga política. Fue maravilloso que nos dieran ese plus de identificación.

Yo me fui una temporada larga a Los Ángeles y era la noche y el día. O sea, estar aquí pasando censura a las canciones y si había algún tipo de pega, pues la verdad es que te jodían. Era absurda la relación del censor con la obra, era totalmente absurda.

Recuerdo que hicimos una canción que se llamaba La canción del megacristo. La pasamos por la censura y nos dijeron que no. Era el año 1974.

Te pillan ahora Abogados Cristianos y te intentan entrullar

Ahora mismo estaría dentro del trullo. Pero es cojonudo porque la alegación que hizo mi abogado, que fue a defender la validez de la letra, era que la juventud estaba tan descreída que ahora necesita mil Cristos. Y el censor, dijo «ah, pues tiene razón». Y se la coló. Este era el ambiente en el que se hacían las canciones. Se vivía en una incertidumbre acojonante.

Fue una época que, de haber tenido más conciencia política, hubiera sido cojonudo. Mis primeros años en Madrid fueron rock and roll, orejeras y no entender más nada.

Aparte de que los partidos políticos dudaban mucho de los rockeros. En el Partido Comunista, por ejemplo, ser rockero era un anatema. Ahí no podías entrar.

No me digas que tú has acabado más cercano al PSOE porque el Partido Comunista no comulgaba mucho con el rock

No, no, yo he tocado en todas las fiestas del Partido Comunista cobrando, porque eran muy legales. Y en el PSOE me ha costado pasta siempre. He tenido que llevar a la banda y pagarles. A mí me gustaba el PSOE porque tenía que ver un poco con la moderación. Yo no he militado nunca en un partido. Pero sin embargo, las ideas socialistas siempre me han gustado. Me ha encantado seguir sintiéndome dentro de mi clase social, dentro de lo que piensa mi familia.

Porque ahora mismo ¿cuál es tu clase social?

Hombre, ahora mismo yo tengo pasta, pero soy hijo de obrero. Mi padre trabajaba en una serrería. Tenía los pulmones llenos de serrín. En la época de mi infancia había mucho miedo. Te decían que lo mejor era no señalarte y que ni una palabra de política.

Hay muchos artistas que son millonarios y que no se atreven a decir que son hijos de la clase obrera. Como que se quieren desentender de donde vienen porque ellos están en el top. ¿Tú te sientes clase trabajadora?

Claro que sí. Yo es que soy un trabajador. Lo mismo no he ganado tanta pasta como para que me coma la conciencia. Yo tengo una relación extraordinaria con mis hermanos y veo que tienen una realidad económica muy diferente a la mía. He tenido la suerte enorme de llevar 64 años viviendo de un oficio que me ha tratado muy bien.

A mi me gusta no hacer teatro con mi pensamiento político. Yo escribo canciones donde cuento mi historia y la historia del momento en el que vivo. Ahora estamos viviendo un tiempo tempestuoso. Y en el último álbum he hecho una canción que habla del tránsito de este que quieren imponer ahora de «los españoles primero».

¿Has hecho una letra contra la prioridad nacional de VOX?

Bueno, todavía no se había extendido ese término cuando la escribí, pero la intención sí ha estado siempre. La prioridad nacional ha estado precedida por el ensañamiento del fascismo contra el diferente, contra el que logra pasar todos los filtros y llegar a una buena orilla.

También he escrito una canción directamente contra Trump. Es una canción que intenta despertar a la gente del terrible problema que estamos padeciendo ahora con la destrucción del planeta. Siempre voy buscando canciones que me representen y que representen lo que estamos viviendo.

A día de hoy, ¿pones alguna etiqueta en tu ideología?

Yo me considero un tipo de izquierdas que hace todo lo posible por actuar en actos solidarios y demostrar que les importa los demás. La gente que viene a verme no me importa solo porque pagan la entrada, sino porque, en cierta forma, sé que también tienen unos pensamientos muy parecidos a mi. Aunque siempre hay dos o tres que se levantan y se van cuando canto determinadas canciones.

Creo que lo que me mantiene joven es tener un alma contestataria y un corazón zurdo.

Me has hablado de solidaridad. Hay un elemento que me gusta mucho que es tu fundación. Has querido dejar un legado solidario. ¿Cuál es el objetivo principal por el que la creaste?

Su función es ayudar a la gente y el fin difundir mi legado y custodiarlo. Ahora estamos haciendo cosas maravillosas en el ámbito de ayudar a gente a que dé el primer paso en la música.

De los locales de ensayo los llevamos a un teatro donde tocan y hacen su debut en el oficio, pero con unas condiciones estupendas de luz, sonido, etcétera.

Estamos también haciendo convenios con profesores de Granada para que la música llegue al alumnado en edad escolar. Queremos fomentar que la música siga estando en la educación.

También trabajamos con gente mayor. Lo último que olvida una persona con Alzheimer es la música y las canciones de su niñez. Estoy en deuda con la gente y quiero devolverles parte de lo que ellos me han dado. He sido muy afortunado y he tenido una vida de puta madre.

Permíteme que vuelva al Himno de la alegría, que es un canto a la fraternidad universal y a los derechos humanos que tanto nos hacen falta. La empatía con los que peor lo pasan es lo que nos une a la gente de todas las izquierdas. ¿Crees que hemos olvidado la letra de nuestro propio himno? ¿Crees que es está acabando esa fraternidad y esa empatía?

El odio está en la raíz de todas las acciones que hacen unos pocos. No hay piedad para el disidente. Por eso te digo que cuando canto, pido que iluminen al público. Me gusta que estén un poquito con luz para ver las reacciones. Me interesa porque me encanta decir a la cara todas las verdades que yo creo que son. Me gusta ver la emoción o el rechazo de la gente.

Ahora mismo es un momento donde no caben los equívocos. Estamos en un momento en el que tenemos que batallar por la democracia cada día desde el puesto que tengamos.

Has cantado contra la guerra, a favor de los refugiados, del pueblo palestino, por la sanidad pública…Nunca has jugado a la ambigüedad para gustarle a todo el mundo. ¿Has pagado un precio por ser de izquierdas?

Hubo un tiempo en el que los ayuntamientos intervenían mucho en la contratación de la gente. Y es verdad que pasó que había ayuntamientos que no te llamaban. Y obviamente estaban en su derecho.

Ahora nosotros no trabajamos directamente con los ayuntamientos. Hay un promotor que me lleva a tocar a un sitio u otro.

Tu concebías los conciertos como grandes asambleas comunales donde la gente compartía una energía compartida. Hoy la música se consume de manera individualizada, a través de plataformas streaming. ¿Puede ser que la industria haya conseguido así, de alguna manera, despolitizar la música?

La música, como concepto industrial, no tiene nada que ver con lo que yo viví. Cuando yo empezaba, un disco era una pequeña obra de arte y algo muy deseado. La gente hacía esfuerzos por hacerse con esa pieza.

Ahora, en la época de usar y tirar, todo se ha banalizado. No sé si habrá alguien que esté pensando tan finamente como para decir «voy a individualizar la música para que la acción política no se vea reflejada».

La gente en el rock sigue manteniendo sus reivindicaciones políticas. Está el ejemplo de Vetusta Morla o Arde Bogotá. Quizás no militen tanto, pero son bandas que están sembrando esa necesidad de que la gente se conciencie y conciencie a los demás a través de la música.

El paradigma de la música y la forma de hacerla ha cambiado mucho. Pero es indudable que la cola de ratón sigue siendo el artista. De todo lo que genera la música, el que menos recibe es el artista. Tienes que ser un artista planetario para poder vivir del streaming.

El foco de la producción también ha cambiado. Ahora mismo hay dos compañías en todo el mundo. Han ido cayendo las más débiles y ahora lo que hay es un oligopolio.

En este signo de los tiempos, la industria hace que triunfe un modelo de grupo que no sea extraordinariamente reivindicativo. No sé, veo triunfando a Taburete y no veo triunfando a grupos de izquierdas de rock radical o raperos de izquierdas, que tienen un discurso que es más difícil que llegue a través de la gran industria. ¿Es ese el problema o es algo más generacional?

No está de moda tomar partido. Parece que vivir en un mundo no encasillable es lo que buscan casi todos los artistas. A excepción de este chico, Bud Bunny, que ha revolucionado el planeta y que tiene mensajes políticos claros sobre su pertenencia y clase social.

En España, Extremoduro era la leche. Pero ahora la gente no se mueve por los parámetros que nos movíamos nosotros, porque han creído que no es necesario y que la batalla está ganada. A mi lo que más miedo me da es que se normalice el pensamiento no crítico. Que tengamos ciudadanos a los que les da lo mismo todo.

El rock & roll movió primero las caderas pero luego las neuronas. El ser humano es ambivalente y puede admitir más de una función. Es verdad que entramos por la cadena hacia el pensamiento libre.

¿Por qué nos cuesta tanto entender que la cultura no es un simple entretenimiento para pasarlo bien sino que es un pilar fundamental del estado del bienestar al igual que puede ser la sanidad o la educación?

Porque nos están diciendo todo el tiempo que estamos muy cansados y que tenemos que cortar. Lo que veo más difícil es el cómo unir a la gente. El pensamiento crítico está en las personas, pero lo complicado es ponerlo en valor a nivel global. Por ejemplo, la guerra en Palestina ha suscitado muchísimo menos movimiento que la de Irak.

¿Por qué está ahora Netanyahu invadiendo Líbano? Pues porque no ha habido contestación suficiente. No hemos logrado unirnos ni hemos encontrado la fórmula para salir como salíamos entonces. Seguramente ocurra porque pensamos que hacerlo sería inútil. Que el movimiento que hagas no sirve para nada. Hay que estar convencido de que, por lo menos a ti, te sirve.

Los artistas sois referentes y el discurso que podéis trasladar cala en muchas personas y puede sembrar semillas de cambio en gente que se está ultra derechizando. Yo creo que ahí sois clave. Sobre todo la gente como tú que no mira hacia otro lado.

A mi la gente que me sigue me ha dado la oportunidad de tener la vida que quiero, y eso es impagable. Lo digo con todo el orgullo y con toda la vergüenza del mundo porque habrá mucha gente que no llega a fin de mes trabajando seguramente mucho más de lo que yo trabajo.

Obviamente mi trabajo también requiere sacrificio, pero la recompensa es notoria. ¿Cuánta gente hace muchos sacrificios y nunca es recompensada por ello? Eso me duele, por supuesto. El mundo está muy mal repartido.

Eres un privilegiado pero no miras a la gente desde arriba. Todo lo contrario. Eso es lo bonito de muchos artistas, que miran a la gente con humildad y agradecimiento. Y creo que al final es una forma de compensar también a esa gente que te sigue. Al final cada uno jugamos un papel y todos ellos son importantes dentro de un estado de derecho.

Cuando se me ocurrió la frase «Buenas noches, bienvenidos, hijos del rock and roll», no había ni una canción que diera la bienvenida en el panorama nacional. Parecíamos todos hijos de Bob Dylan. Que ni saluda a la gente ni nada. Yo sentí la inspiración y sentí la necesidad de agradecer a la gente que había venido.

La gente hace un esfuerzo por verte y las entradas cuestan mucho dinero. Es una pasta para gente que gana 1.200 pavos. Por eso hay que poner en valor y agradecer a la gente que te han escogido a ti. Es algo muy bonito. La emoción que se genera con la música es un regalo.

¿El rock ha sido el proceso para encontrar tu verdad?

El rock ha sucedido sin que yo supiera la dimensión que tenía. Nosotros empezamos por un proceso de imitación, queríamos ser modernos. No sabíamos que el rock estaba construyendo un mundo nuevo para la gente joven a la que mi generación se enganchó.

El rock ha formado parte de mi liberación y de mi forma de entender la existencia. Es algo que se puede decir con toda categoría. El rock and roll fue la música que cambió la cultura del siglo XX.

Artículo publicado originalmente en la revista de FACUA, Consumerismo, el 17 de julio de 2026

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